"... Eres un animal raro,
-le dijo al fin. -Delgado como un dedo...
-Pero soy más poderoso que el dedo de un rey -dijo la serpiente.
El principito sonrió. -No eres muy poderoso... ni siquiera tienes patas... ni siquiera puedes viajar...
-Puedo
llevarte más lejos que un navío -dijo la serpiente. -A quien toco, lo
vuelvo a la tierra de donde salió -dijo aún. -Pero tú eres puro y
vienes de una estrella..."
De
esta manera hace su aparición la serpiente en El Principito, una de las
obras infantiles para adultos más importantes de la literatura mundial.
A pesar de que en un inicio se le da a este personaje la facultad de
discernir la calidad moral y origen del principito, más adelante el
autor le otorga un rol perverso al advertir que "Las serpientes son
malas. Pueden morder por placer..." La perfidia como característica de
las serpientes viene de mucho antes, como lo muestra su participación
en el libro del Génesis y en las representaciones del infierno. Varias
producciones audiovisuales se hacen eco de esta imagen, con lo que
perpetúan la antipatía de la gente hacia estos reptiles, probablemente
mayor a la que siente por cualquier otro animal.
Recientemente,
un programa de televisión divulgó una encuesta que reveló que la
segunda fobia más generalizada entre los ecuatorianos, después del
temor a las alturas, es la ofidiofobia (miedo intenso y
desproporcionado hacia las serpientes u ofidios). No es de extrañar,
entonces, que varias personas encuentren extraño el que un investigador
se adentre en la selva precisamente en busca de estos animales. Su
sorpresa es mayor cuando conocen que estas búsquedas se las realiza en
la noche cuando, según creencias populares, otros tantos demonios andan
sueltos. Y es que para muchas personas, uno de los principales
inconvenientes para disfrutar de un paseo por los bosques de nuestro
país es la posibilidad de encontrarse con estos bichos, según ellos,
tan despreciables.
El
miedo extremo a las serpientes, calificado como un desorden de
ansiedad, no está presente solo en los ecuatorianos. Varias personas
alrededor del mundo lo padecen, considerándose a la ofidiofobia como
uno de los temores más difíciles de tratar. En Estados Unidos, se
estima que el 50% de la población experimenta cierta ansiedad en
presencia de alguna serpiente y que otro 20% está aterrorizado con
ellas, al punto de no poder ver una fotografía o de sostener una
conversación a su respecto sin ayuda profesional. Pero, ¿está
justificado este temor? ¿Dónde podría estar su origen?
En gran medida, la fobia generalizada hacia las serpientes se basa en
que algunas de ellas son venenosas y capaces de infligir heridas
graves, e incluso la muerte. Sin embargo, solamente alrededor del 21%
de especies son venenosas. En Ecuador, de las 207 especies de ofidios
registradas, cuarenta son venenosas (19%): diecisiete víboras (familia
Viperidae) y 23 especies de serpientes coral y marina (familia
Elapidae). De éstas, solamente unas pocas especies comparten hábitat
con el ser humano o existen en densidades lo suficientemente altas como
para representar un riesgo real. En Centroamérica, por ejemplo, la
frecuencia de mordeduras de la víbora equis (Bothrops asper) a
investigadores y estudiantes de campo fue de tan solo tres mordeduras
en 1,5 millones de horas/persona de trabajo. Esta especie es una de las
más abundantes a lo largo de su distribución (desde México hasta Perú),
y es una de las serpientes venenosas más importantes en América Central
y del Sur en términos de morbilidad y mortalidad de seres humanos.
Cuando estos encuentros se producen, la mayoría de serpientes prefiere
huir, ya que el propósito principal de su veneno es obtener comida y
optan por no gastar en una persona este producto energéticamente
costoso. Solamente lo utilizan como método de defensa cuando sus
opciones de escape se han esfumado.
Innegablemente,
el riesgo de un accidente ofídico es mayor para la gente que vive y
de-sarrolla sus actividades en zonas rurales. Un estudio realizado en
el principal hospital del cantón Sucúa, Morona Santiago, encontró que
en cinco años (1996-2000), se registraron 142 mordeduras de serpientes
venenosas (entre 22 y 38 casos por año), siendo los agricultores el
grupo más afectado (44%). El 92% de estos casos fue resuelto sin
complicaciones y solamente cuatro individuos murieron (2,9%). Este bajo
porcentaje de mortalidad es similar al encontrado en otros países. Y es
que actualmente existen métodos efectivos para el tratamiento de
mordeduras venenosas, como el uso de sueros antiofídicos. El problema
con estos medicamentos es su prohibitivo precio para la mayoría y su
deficiente distribución.
Resumiendo,
dado que solo dos de cada diez especies de serpientes son venenosas y
que el índice de mortalidad por mordeduras, incluso para el grupo
poblacional más expuesto, es bajo, ¿no es sorprendente que el recelo
hacia estos animales sea tan alto, especialmente en las ciudades, donde
son muy escasos?
¿Es
posible que, más allá de la influencia de libros y películas, exista
algún otro factor que determine este temor? Al parecer, sí. Evidencia
científica acumulada apoya una reciente teoría que sugiere que la
convivencia recurrente de serpientes y primates durante su evolución,
pueden haber moldeado los cerebros de estos últimos, incluyendo el del
hombre. Según esta teoría, los ofidios actuaron como una presión
selectiva responsable de la convergencia de los ojos, especialización
visual y expansión del cerebro en primates. Hipótesis anteriores que
trataban de explicar el desarrollo de estas características,
distintivas de los primates, como adaptaciones para obtener presas o
desplazarse por su hábitat, han sido objetadas recientemente. En su
lugar, evidencia paleobiogeográfica, neurocientífica, ecológica,
comportamental e inmunológica sugiere que la exposición evolutiva a las
serpientes -los depredadores más antiguos de mamíferos placentarios-
contribuyó significativamente a la evolución de las estructuras
neurales de los mamíferos para detectarlas y evadirlas. La variación en
esta exposición resultó en una diferencia en el grado de
especialización visual en primates. Por ejemplo, en la isla de
Madagascar nunca han existido serpientes venenosas y los prosimios
(lémures o tarsios, por ejemplo) que habitan allí, no tienen
desarrolladas las estructuras del cerebro involucradas en la
vigilancia, el miedo y la memoria asociadas con estímulos de
depredadores. Quienes sí las tienen son los primates antropoides (todos
los simios a excepción de los prosimios). Sin embargo, ellos también
han convivido de forma diferencial con serpientes nocivas.
Entre
los primates antropoides, los primates del Viejo Mundo (macacos,
mandriles, chimpancés, gorilas, orangutanes y humanos, por ejemplo) se
han diversificado en coexistencia ininterrumpida con serpientes
venenosas, por lo que sus sistemas visuales y cerebros se expandieron
en mayor medida que los primates de las Américas (monos aulladores,
araña, ardilla, leoncillos, por ejemplo), que, por el contrario, han
estado expuestos solo de manera intermitente a estas serpientes.
Así,
la exposición evolutiva a las serpientes ha sido esbozada como una de
las razones para la activación de un sistema comportamental, mental y
neural denominado módulo del miedo. Este sistema es activado en humanos
y otros primates frente a estímulos relacionados con amenazas para su
supervivencia. Además, es independiente de la cognición, ya que su
activación, y el consecuente miedo producido, no requiere que las
serpientes sean percibidas conscientemente.
Durante
las últimas décadas, el miedo hacia las serpientes ha sido combatido
con educación en zoológicos, museos de historia natural y editoriales,
con el propósito de proteger a estos animales. Sin embargo, no todos
estos esfuerzos son llevados de buena forma. Las instalaciones de
ciertos serpentarios siguen desprovistos de carteles informativos que
permitan al público entender qué es lo que está viendo, y la gente
regresa a sus hogares entretenida pero sin aprender. Así, estos
establecimientos lucran de la exhibición de serpientes y las emociones
que suscitan, pero sin cumplir con el deseable propósito de educar para
la conservación de la fauna.
La
teoría que aquí hemos examinado explica el componente genético del
miedo a las serpientes, pero el hombre es, además, un animal cultural.
El miedo a las serpientes, a más de un instinto, es transmitido por la
educación. Así lo testifica la existencia de personas con una actitud
hacia las serpientes -ofidiofilia, la podemos llamar- difícil de
comprender para los demás. La práctica de criar serpientes en
cautiverio, por ejemplo, constituye un enorme mercado global. Más aún,
apasionados investigadores alrededor del mundo dedican buena parte de
sus vidas a desentrañar los misterios de este animal, "que asusta...
pero que gusta", como dice la popular canción 