| El
británico Robert F. Scott es el protagonista de uno de los segundos
puestos más célebres y lóbregos de la historia. Luego de enormes
penurias, Scott alcanzó el polo sur el 17 de enero de 1912 solo para
encontrar una bandera noruega, plantada por una expedición que les
precedió por apenas dos semanas y que pasó a la historia como la
primera en llegar al polo. Robert Scott y sus compañeros de expedición
murieron en el viaje de retorno víctimas del hambre y el clima riguroso.
Al referirse a los valles secos McMurdo de la Antártida, una de las
regiones más inhóspitas del mundo, Scott dijo: “No hemos visto nada
vivo, ni siquiera un musgo o liquen; lo único que encontramos muy lejos
en tierra firme fue el esqueleto de una foca y cómo llegó hasta allá es
imposible de entender”. Esta observación y la subsiguiente muerte de
Scott y sus acompañantes dan crédito a la percepción generalizada de
que la vida es frágil y vulnerable y solo puede subsistir en un rango
muy restringido de condiciones ambientales. Seguramente, Scott se
hubiera sorprendido al saber que en estas planicies estériles, donde la
temperatura desciende frecuentemente a cincuenta grados centígrados
bajo cero, habitan al menos veinte especies de bacterias junto con
varios tipos de algas e invertebrados. Al otro lado del espectro
térmico, descubrimientos recientes muestran que hay bacterias en
afloramientos hidrotermales submarinos para las cuales temperaturas
menores a noventa grados centígrados son demasiado “frías”; mientras
tanto, a más de 120 grados se reproducen alegremente. El descubrimiento
de seres vivos en condiciones tan extremas tiene implicaciones
profundas en nuestro entendimiento de la naturaleza y los límites de la
vida.
Otro logro científico ocurrido durante los últimos veinte años, y con
implicaciones igualmente profundas, es el descubrimiento de planetas en
otros sistemas estelares. El primer planeta orbitando una estrella
similar al sol fue descubierto en 1995 y desde entonces los planetas
extrasolares se han descubierto a una ritmo sorpresivamente rápido,
demostrando que estos potenciales anfitriones de la vida son ubicuos en
el universo.
Cálculos conservadores sugieren que el número de planetas en el
universo es de alrededor de un trillón. Una cifra tan irreverentemente
alta hace que el número de planetas que potencialmente albergan seres
vivos pueda ser enorme. Incluso bajo un supuesto extremadamente
pesimista de que la probabilidad de origen de la vida en un planeta es
irrisoria, digamos de uno entre mil millones, el número esperado de
planetas habitados sería de mil millones.
En conjunto, estos descubrimientos relativamente recientes nos sugieren
que la vida en el universo está extensamente difundida. El rango de
condiciones bajo las cuales los seres vivos pueden persistir es lo
suficientemente amplio como para que sea plausible que Marte, alguna de
las lunas de Júpiter, o alguno del trillón de planetas de otros
sistemas solares, estén habitados. La diversidad biológica terrestre
podría no representar nada más que una escaramuza evolutiva marginal en
el contexto de un universo plagado de seres vivientes.
Biodiversidad anónima
Por
ahora no podemos hacer nada más allá de maravillarnos con la
observación y el estudio de la biodiversidad de la Tierra. Lo
sorprendente es que los vacíos en el conocimiento de la vida en nuestro
propio planeta son colosales a pesar de que han pasado 250 años desde
que Carolus Linnaeus describió formalmente las primeras especies de
animales y plantas y casi 150 años desde que Darwin identificó a la
selección natural como el motor fundamental del origen y
diversificación de la vida. Se cree que en la Tierra habitan entre
quince y veinte millones de especies, de las cuales todavía nos falta
por descubrir el 90%. Del 10% restante, en la mayoría de los casos no
se conoce nada más que una muy sucinta descripción de su apariencia
externa. Este enorme vacío en nuestro conocimiento tiene un costo
económico enorme para la humanidad, porque los bienes y servicios que
brinda la biodiversidad –en forma de medicinas, materias primas,
fuentes nuevas de alimento, control de plagas y demás– no podrán ser
aprovechados integralmente mientras no lleguemos a inventariarla
adecuadamente. Desde una perspectiva menos utilitaria, necesitamos
describir y entender la complejidad de la vida para poder conservarla.
Un axioma muy conocido en la biología de la conservación es que lo que
no se conoce no se puede proteger. Es angustiante que nuestro
desconocimiento de la biodiversidad esté permitiendo la extinción de
especies incluso antes de que sean descubiertas.
Por supuesto, la gravedad del problema varía entre grupos de organismos
y regiones geográficas. Entre los organismos mejor conocidos se cuentan
las plantas, las aves y los mamíferos. Esto en gran parte se debe a que
los científicos que se dedican al descubrimiento y la descripción de
especies nuevas –también conocidos como taxónomos– históricamente se
han interesado en organismos carismáticos, preferiblemente de colores
brillantes o cubiertos de pelo o plumas. Sin embargo, incluso entre
estos grupos privilegiados, todavía hay muchos vacíos por llenar. En el
caso de las plantas, por ejemplo, se han descrito 270 mil especies de
un total estimado de 300 mil. En el caso de los mamíferos, solo durante
las últimas dos décadas se han descubierto mil especies de las 5 mil
conocidas.
Desafortunadamente, lo que el sistema cognitivo humano interpreta como
estéticamente atrayente, a menudo no refleja la importancia
ecosistémica o el potencial de una especie para contribuir al bienestar
humano. Las bacterias marinas del género Prochlorococcus, por ejemplo,
podrían ser los organismos más abundantes del planeta y sin duda son
piezas clave en el funcionamiento de los ecosistemas marinos. Sin
embargo, estas bacterias fueron descubiertas recién en 1988. Otro
ejemplo viene dado por los hongos –fuente de una enorme cantidad de
medicinas– cuyo número de especies conocidas es de 69 mil, apenas el 4%
de las 1,6 millones de especies que se cree existen.
Tecnología y diversidad críptica
Durante
los últimos diez años se ha desatado una revolución tecnológica que ha
facilitado el descubrimiento de nuevas especies. Mediante el uso de
técnicas de biología molecular es posible comparar la variabilidad de
los genes de diferentes poblaciones y descubrir que algunas de estas,
aunque similares en apariencia, a nivel genético son tan diferentes
como humanos y chimpancés. Un análisis del ADN de la rana
bullanguera que vive en la Costa del Ecuador, por ejemplo, reveló que
lo que antes se consideraba una sola especie (Engystomops pustulatus)
en realidad representaba un grupo de cuatro especies crípticas. Las
especies crípticas se caracterizan por ser similares en apariencia
externa –por lo que pueden ser consideradas erróneamente una sola
especie– a pesar de haber evolucionado independientemente por períodos
prolongados. En base a estos resultados, un estudio del autor y
colaboradores aparecido en la revista Molecular Phylogenetics and
Evolution, ha estimado que los análisis genéticos permitirán el
descubrimiento de alrededor de mil especies de anfibios en Centro y
Sudamérica, un número comparable al de toda la diversidad conocida de
anfibios del África.
De modo similar, el año pasado, análisis de ADN llevados a cabo en el
Laboratorio de Genética Humana y Citogénica Molecular de la Universidad
Católica contribuyeron al extraordinario descubrimiento de una nueva
especie de vizcacha en Cariamanga, provincia de Loja. Este peculiar
mamífero es conocido localmente con el ingenioso nombre de “arnejo” por
su aspecto intermedio entre ardilla y conejo. El descubrimiento fue
inesperado porque actualmente la mayoría de mamíferos de ese tamaño ya
han sido descritos. El hallazgo tan tardío de un mamífero de esas
características confirma que lo que sabemos acerca de algunos
componentes de nuestra biodiversidad es comparable a nuestro
conocimiento de la biodiversidad de otros planetas.
Carrera contra la extinción
El
inventario biológico está muy lejos de completarse en países como el
Ecuador, donde lo tradicional ha sido que haya pocos científicos
locales dedicados al descubrimiento de nuevas especies y a la
exploración de la naturaleza. Este factor, combinado con la falta de
políticas estatales que incentiven la investigación y el desarrollo
científico, ha coadyuvado para que sepamos muy poco sobre nuestros
recursos biológicos. Un caso ilustrativo es el de los anfibios. En
el Ecuador actualmente se conocen 465 especies (una lista completa
aparece en el portal del Museo de Zoología de la Universidad Católica:
www.puce.edu.ec/zoologia) y cada año se descubren y describen varias
especies, lo que sugiere que la lista es bastante más larga. El número
de especies formalmente descritas se ha duplicado desde el año 1970 y
en los últimos diez años se han adicionado 37 especies. Solamente en la
colección de anfibios del Museo de Zoología de la Universidad Católica
en Quito hay alrededor de sesenta especies que, almacenadas en frascos
llenos de alcohol, esperan ser descritas. El especialista Luis Coloma,
en la revista Zootaxia, estima que el número total de anfibios del
Ecuador es de setecientas especies, las cuales, a la tasa de
descripción actual, terminarán de ser inventariadas recién en el año
2070. Desafortunadamente, no tenemos tanto tiempo porque la acelerada
tasa de deforestación, el cambio climático, la contaminación o el
arribo de enfermedades están erosionando rápidamente nuestra
biodiversidad. Para el año 2070, muchas especies se habrán extinguido
sin que los seres humanos siquiera nos hayamos percatado de su
existencia.
Una tendencia esperanzadora es que durante los últimos años jóvenes
científicos ecuatorianos han empezado a hacerse cargo del reto de
explorar e inventariar nuestra diversidad. Mientras que hasta hace un
par de décadas la mayoría de especies eran descubiertas por científicos
extranjeros, actualmente son los investigadores nacionales quienes con
más frecuencia se aventuran por bosques y páramos para descubrir
especies y con su trabajo poner los cimientos para proteger y manejar
nuestra biodiversidad. Sin duda, el país necesita con urgencia muchos
más biólogos que se embarquen en esta exploración fascinante de la
complejidad de nuestra naturaleza. |