Por ANA ROBAYO
El Escolar Ecuatoriano decía que los sapos son verdes, pero Luis
Coloma sabía que los sapos eran rojos, porque el puca sapo o sapo
colorado proliferaba en su natal Guaranda. El libro decía que los sapos
eran nocturnos pero el puca sapo se exhibía apacible a la luz del día,
hasta hace más de 20 años. Desde entonces no se lo ha visto. Se presume
que está extinto, al igual que otras 24 especies de ranas ecuatorianas.
Anficios EcuatorianosEn
general los sapos no son peligrosos, si los manipula
no toque sus ojos ni labios sin lavarse bien las manos.
Estos
anfibios proveen de muchos beneficios al ser humano: control de
plagas, medicinal (se hacen estudios con sus toxinas) y son parte de la
cultura ancestral, indígena y mestiza.
La balsa de los sapos busca
donaciones para la elaboración de este proyecto. Puede comunicarse al
(02) 299 1700 ext. 1822 ó 1825.
Usted puede ayudar a esta
especie conservando charcos y quebradas que son su hábitat ideal. La
vegetación nativa es importante: arrayanes, nogales,
alisos, bromelias, entre otras.
La información sobre la especie obtenida por el programa La balsa de los sapos está en:
www.puce.edu.ec/zoologia/verte brados/amphibiawebec/index.html
Los anfibios son representantes destacados en la megadiversidad del
Ecuador. Hasta ahora se conocen 464 especies y de esas, 141 corren alto
riesgo de desaparecer. Los anfibios han vivido más de 350 millones de
años en la Tierra, según dataciones de fósiles encontrados, pero “en
las últimas décadas hemos sido testigos de la dramática disminución de
anfibios en el mundo. Hay especies que han desaparecido por completo”,
declaró a principios de enero el naturalista David Attenborough.
Él es patrocinador del proyecto El arca de los anfibios que nació a
finales del 2005, como parte del Plan de Acción para la
Conservación de los Anfibios, que se elaboró en la Cumbre
Mundial para la conservación de los anfibios.
En esa cumbre, un grupo de científicos ecuatorianos sorprendió con
su trabajo. Desde inicios de los ochenta sin ningún recurso e
improvisando la tecnología decidieron preservar en el laboratorio de la
Escuela de Ciencias Biológicas de la Universidad Católica, a las
especies de sapos y ranas en peligro. “Si lo que sabemos ahora lo
hubiéramos sabido en 1993, talvez podríamos haber salvado especies que
hoy están extintas y que murieron en nuestras manos”, rememora Luis
Coloma. Cuenta la historia de las kailas, que habitaban en las lagunas
de Atillo (Chimborazo).
Eran sapos de vida acuática y ante el temor de su
desaparición, intentaron criarlas en el laboratorio. Entonces no
estaba descrita la enfermedad causada por el hongo
batrachochytrium dendrobatidis (letal para los anfibios) . “Las kailas
morían y no teníamos ni la más mínima idea de por qué”, cuenta Luis.
Con experiencias como esta, elaboraron un plan
estratégico, que coincidía con el que se elaboró en la cumbre mundial
de conservación. “Muchas de las cosas que los científicos del mundo
resolvieron fue prácticamente una copia de lo que nosotros habíamos
pensado por acá”. dice Luis. Después de la cumbre dieron vida formal a
su proyecto con un nombre que tuviera un tinte local: La balsa de los
sapos. Este es un programa para la conservación de
los anfibios del Ecuador, basado en cinco ejes: investigación,
monitoreo, manejo ex situ (fuera del hábitat), educación
einformática, usando las herramientas tecnológicas para almacenar y
difundir la información.
Hace 250 millones de años el Triadobatrachus, el antepasado más
antiguo de los sapos encontrado en Madagascar, no tenía que preocuparse
del calentamiento global, del hongo y mucho menos de la
destrucción de su hábitat, puesto que los anfibios sobrevivieron
incluso al evento que extinguió a los dinosaurios. Estos tres factores
afectan a las ranas ecuatorianas, de las cuales 185 son únicas en el
mundo. “El hongo es la bala que mata a la rana, pero el cambio
climático es la pistola”, dice Coloma. Esto obligó a los
científicos a conservar las especies en laboratorio.
El arca de los anfibios coordina programas ex situ en todo el mundo;
se prevé que este año genere un presupuesto de UDS 40 millones.
“Esperamos que de ese presupuesto lleguen fondos importantes para la
balsa. Ese fue el ofrecimiento en la cumbre”, explica Coloma, respecto
a los USD 20 millones que puede costar La balsa de los sapos. Han
iniciado el programa con un centro piloto, cuya infraestructura:
cuatro salas llamadas ranarium, costaron USD 100 000.
Su instalación tomó dos años y todavía falta equipamiento: más
terrarios (cajas de cristal en las que se recrea el ambiente de los
anfibios) y trabajo de campo, para buscar las ranas que no han
sido preservadas.
El ranarium podrá albergar a 4 000 ranas, pero por el momento lo
habitan 500. Las especies endémicas que están amenazadas son las
prioritarias. Para tener éxito, el centro mantiene poblaciones
genéticamente viables, es decir con diversidad genética. Se requieren
miles de individuos para que las ranas no se crucen con otras de genes
parecidos.
“ Si tenemos solo una pareja, pueden pasar 10 años y
desaparecer toda la población por enfermedades genéticas”, explica
Coloma. Para lograrlo se requiere un gran espacio, 15 a 20 hectáreas,
que la PUCE otorgará en Nayón.
La humedad es uno de los elementos claves para la supervivencia de
los sapos. Un sistema de aspersión les lleva el agua filtrada de
impurezas y de químicos como el cloro y el arsénico. Otros tubos debajo
de los terrarios regresa el agua al filtro y así se garantiza que el
líquido sea puro.
La temperatura es el segundo factor, por eso las especies se
albergan en cuatro ambientes: de los Andes, clima templado; páramo,
clima frío; y dos cuartos de clima tropical. Pero hay un elemento del
que todavía carecen las ranas para fijar el calcio en sus huesos: los
rayos del sol. Los técnicos esperan reflectores especiales que cuestan
alrededor USD 3 000 y que simularán los efectos del astro rey.
Para
los gestores de La balsa esta es una oportunidad para hacer
ciencia porque “el futuro del Ecuador no está en el petróleo, sino en
su potencial humano y en su biodiversidad”, dice convencido Luis Coloma.