Quito, 22 de noviembre, 2009.
Para algunas personas la conservación ambiental se logra exclusivamente cuando se restringen las actividades económicas y se altera la matriz y vocación productiva de las zonas. Esto ha producido un permanente enfrentamiento entre la visión “verde-ecológica” y la “verde-monetaria” de la economía.
Ante la necesidad de procurar relaciones equilibradas entre la generación y distribución equitativa de los ingresos y el mantenimiento de espacios naturales, se ha optado por nuevos modelos productivos.
Se promueven por una parte, aquellos esquemas de producción en los que se respetan modelos tradicionales –prácticas ancestrales- que han demostrado ser amigables con el ambiente. Éstos procesos han sido mejorados principalmente, por medio de asistencia técnica enfocada en el perfeccionamiento de los métodos productivos, la mejora tecnológica y el acceso a recursos financieros para que se puedan mejorar las técnicas productivas.
Uno de los principales cuestionamientos a este impulso productivo ha sido que, cuando una actividad es rentable económicamente, se la fomenta. Los incentivos de mercado han llevado por ejemplo a que, actividades agrícolas rentables promuevan la expansión de la frontera agrícola o la utilización de insumos degradantes para el ambiente al buscar el incremento de la productividad.
Por ello, en pos de la conservación, el impulso a este tipo de actividades económicas no consideraba la necesidad de procurar una viabilidad financiera o sostenibilidad económica de la inversión. Los subsidios al productor o al precio eran un instrumento clave para que el productor cubra sus expectativas de ingreso y no sintiera la motivación de intentar aumentar su volumen de producción-comercialización por medio de prácticas productivas extensivas y degradativas.
Pero como es evidente, este proceso no era sostenible económicamente ni tampoco adecuado para la conservación de los recursos. Surge entonces la opción de crear un nuevo modelo de mercado en el que intervienen los “productores y consumidores verdes”. Ellos son quienes ofertan y demandan, respectivamente, los productos que cuentan con certificaciones ambientales y sellos verdes. Este producto diferenciado está dirigido a un nuevo nicho de mercado en el cual, a través del precio se valora el agregado dado en el proceso productivo y se compensa adecuadamente al productor que ofrece un producto con correspondencia ambiental. Así, el incremento de los ingresos para los productores responde principalmente a la valoración en el mercado que tienen los productos orgánicos certificados y no a mecanismos insostenibles de incentivo.
Para garantizar su eficiencia, estos productos deben desarrollarse bajo consideraciones de un modelo de negocios. Deben contar con estudios de mercado, análisis de factibilidad y planes de negocio que permitan que los productores estén adecuadamente informados sobre los flujos necesarios de producción y las condiciones para alcanzar los puntos de equilibrio económico en la actividad.
Los requerimientos de las certificadoras internacionales para que los productos puedan ser certificados motivan al productor a cambiar su estilo de producción e inclusive realizar acciones positivas sobre el ambiente. Dado que las certificadoras realizan la trazabilidad de los productos, se exige esencialmente la producción bajo sistemas agroforestales y la no utilización de insumos ambientalmente peligrosos. Esto significa el impulso a actividades complementarias tales como reforestación, incremento de la cobertura vegetal, manejo ambiental y planificación predial. En algunos casos inclusive se promueve el reemplazo de antiguos pastizales por sistemas agroforestales de producción.
Por tanto, los productores reemplazan sus técnicas degradativas y promueven la regeneración natural de los recursos naturales ya que ello les representa un mayor precio de venta de su producto.
Por ello, se concluye que la conservación y el desarrollo económico local pueden armonizarse siempre y cuando se mantengan los principios de prácticas amigables a lo largo de la cadena productiva. La reducción de presiones a los recursos naturales involucra la promoción de actividades económicas sostenibles que tengan viabilidad en el mercado y que por tanto, puedan potencialmente incrementar el ingreso familiar de quienes se dedican a la actividad, dinamizar la economía local y generar una distribución equitativa del ingreso entre los participantes de la cadena productiva. El nicho de mercado para los productos verdes se convierte entonces en una motivación para el productor que al reflejarse en un mecanismo de precios, garantiza la sostenibilidad de los procesos.
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